Víctor Raúl Haya de la Torre, cuna de creación política*

Por Luis Carlos Santa María Mecq

El escritor mexicano Octavio Paz nos decía que: «…frente a la muerte hay dos actitudes: una, hacia adelante, que la concibe como creación; otra, de regreso, que se expresa como fascinación ante la nada o como nostalgia del limbo –y continuaba afirmando que- Una civilización que niega a la muerte, acaba por negar la vida».

Por tanto, está claro que aun cuando la presencia etérea de Víctor Raúl sea permanente, no podemos negar su muerte porque sería negar aquella vida de sacrificios que decidió llevar para alcanzar un fin superior a su propia existencia. Entonces la partida de Víctor Raúl ha de tomarla como aquella primera actitud a la que hace referencia Octavio Paz en su reflexión, es decir, mirar la muerte hacia adelante concibiéndola como creación. Ese es el importante legado que nos dejó el maestro, no llorar una pena eterna como nostalgia del limbo, sino surgir desde la base de su pensamiento y obra, para que lo sintamos presente en todo momento como apoyo espiritual en el buen camino que nos corresponde emprender.

Recordemos entonces algunos episodios biográficos de la vida de Víctor Raúl desde su nacimiento hasta la fundación del APRA y del Partido Aprista Peruano para darle contexto a esta importante conmemoración:

Víctor Raúl Haya de la Torre nació en Trujillo, el 22 de febrero de 1895, fue hijo de los también trujillanos Raúl Edmundo Haya y de Cárdenas, y Zoila Victoria de la Torre y de Cárdenas, que eran además primos.

Estudió su primaria y secundaria en el Colegio de San Carlos y San Marcelo de Trujillo. Ingresó a la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Trujillo, donde se hizo buen amigo del destacado poeta César Vallejo en el curso de literatura; ambos, junto con otros estudiantes y bajo la conducción de Antenor Orrego y José Eulogio Garrido, integraron la llamada «bohemia trujillana», grupo intelectual que después fue bautizado como el Grupo Norte.

En 1915, en la Universidad Nacional de Trujillo, lanza la primera iniciativa de la Universidad Popular. La cual comienza a funcionar en el Centro Universitario La Libertad. Posteriormente, prosiguió sus estudios en la Universidad Mayor de San Marcos de Lima, donde siguió la carrera de Derecho. En 1917 conoció al político y literato Manuel González Prada y se convirtió en asiduo visitante de su casa, desarrollando inquietudes políticas derivadas del radicalismo de dicho intelectual. En 1918 fue uno de los que cargó su ataúd.

En 1918, propone en la Federación de Estudiantes del Perú el primer proyecto de la Universidad Popular en Lima. En enero de 1919 propone en la Federación de Estudiantes la participación de ésta en favor de los obreros textiles que luchaban por la jornada de las 8 horas. Designado presidente de la comisión universitaria ante la Federación Regional Peruana sostiene la campaña por la jornada de las ocho horas. Se entrevista con el Ministro Vinelli y con decidida cooperación de éste se obtiene el decreto después de largos días de Huelga General que había paralizado a todo el país. Inmediatamente después de esta victoria convoca a los dirigentes sindicales textiles y en el local de la Federación de Estudiantes (Palacio de la Exposición) la fundación de la Federación de Trabajadores Textiles cuya acta inicial suscribe. Este episodio marcó el inicio de la activa participación de Víctor Raúl en la política peruana, que se prolongaría hasta el final de sus días.

En el mismo año forma parte del Comité iniciador de la Reforma Universitaria en Lima. En octubre de ese mismo año, fue elegido presidente de la Federación de Estudiantes del Perú. Estuvo vinculado con todos los sectores de la sociedad. Participó en el primer Congreso Nacional de Estudiantes, realizado en el Cusco (marzo de 1920), donde se aprobó el proyecto de creación de las “Universidades Populares”.

El 22 de enero de 1921 se funda la primera Universidad Popular en Vitarte, Haya de la Torre es elegido Rector. Después se fundan las de Trujillo, Arequipa, Salaverry, Cuzco, en 1922 tomaron cuerpo con el nombre de “González Prada”.

Emprendió numerosas protestas contra el gobierno de Augusto B. Leguía cuando empezó a maquinar su perpetuación en el poder. Una de las más significativas de dichas protestas fue la campaña de oposición a la proyectada consagración oficial del país al Corazón de Jesús, promovida por el arzobispo de Lima Emilio Lisson para legitimar al régimen dictatorial. Durante la protesta callejera murieron un estudiante y un obrero, lo que se convirtió en símbolo de la unidad obrero-estudiantil. En el grandioso funeral de las víctimas Víctor Raúl pronuncia un discurso memorable en el cementerio que comienza con la frase “El quinto no matar”. La ceremonia de consagración fue finalmente suspendida por el arzobispo.

Luego, Víctor Raúl editó la revista radical obrero-estudiantil Claridad, en colaboración con José Carlos Mariátegui, como “órgano de la juventud libre del Perú” y de las universidades populares. En octubre de 1923, cuando era profesor del colegio limeño Anglo-Peruano fue apresado y recluido en el penal de El Frontón, donde se declaró en huelga de hambre; a seis días de la huelga fue embarcado en el pequeño vapor Negada y deportado a Panamá.

En Panamá, Víctor Raúl permaneció dos semanas, para luego dirigirse a Cuba. De allí pasó a México, invitado por José Vasconcelos, entonces Ministro de Educación Pública, para que lo apoyara como su secretario.

Se puso en contacto con los estudiantes mexicanos para incentivarlos a desarrollar una fraternidad estudiantil y laboral a nivel continental. Fue precisamente en la ciudad de México donde, el 7 de mayo de 1924, fundó la Alianza Popular Revolucionaria Americana. Como se deduce de su nombre, la opción política inicial de Haya de la Torre buscaba consolidarse en un proyecto para toda la llamada Indoamérica.

En una sencilla ceremonia, entregó a los estudiantes de México la bandera de Indoamérica, ocasión en la que dijo: «Esta bandera que yo os entrego, flameará primero sobre las soñadoras muchedumbres de la juventud que van abriendo el camino, y más tarde serán los pueblos los que la agiten en el tumulto estremecido de sus luchas».

En septiembre de 1924 viajó a Rusia, Suiza, Italia y Francia. En 1925 se estableció en Inglaterra, donde, entre los años 1926 y 1927, estudió Economía en London School of Economics and Political Science y luego Antropología en la Universidad de Oxford, en la que años después sería profesor.

Se dedicó íntegramente a formar un gran movimiento que pudiera representar a las masas excluidas de la «América India». La Alianza tuvo su primera “sección” en París (fundada el 22 de enero de 1927) y luego se crearon comités en Buenos Aires, Ciudad de México y La Paz. El Apra nació como una fuerza eminentemente antioligárquica y antiimperialista.

En 1927 publicó su primer libro, titulado Por la emancipación de América Latina, donde expuso la doctrina aprista. En mayo de 1928 terminó de escribir su libro El anti-imperialismo y el APRA, obra que por motivos económicos no saldría a la luz sino en 1935.

En febrero de 1927 participó en el Primer Congreso Antiimperialista de Bruselas en el cual planteó la diferencia entre el APRA y el comunismo. En noviembre de ese año dejó Europa y retornó a América, pasando por Nueva York antes de volver a México. Luego emprendió una gira por Guatemala, El Salvador, Costa Rica y, nuevamente, Panamá, siendo impedido de desembarcar en la Zona del Canal, antes bien, lo desterraron otra vez hacia Europa el 16 de diciembre de 1928. Estuvo algún tiempo en Berlín y luego recorre otras ciudades del viejo continente hasta junio de 1931. En el ínterin, cayó el gobierno de Leguía (agosto de 1930) y en Lima fue fundado el Partido Aprista Peruano, como “sección peruana” del APRA el 21 de septiembre de 1930.

Como podemos interpretar, aquellos años de viajes y estancias por distintos países del mundo le sirvieron a Víctor Raúl para conocer otras realidades, corrientes y pensamientos políticos que fueron la base para que él pudiera crear una ideología propia, aquella que debería implementarse en el Perú bajo el liderazgo del Partido Aprista Peruano con el ideario de ser un partido de izquierda democrática organizado como Frente Único de Clases de los Trabajadores Manuales e Intelectuales, defendiendo los intereses de las mayorías productoras; sosteniendo la democracia integral y aspirando a implantar la justicia social, en libertad y democracia. Un partido conformado por la alianza de los obreros, los campesinos, y agricultores, los sectores de las clases medias que comprenden, entre otros, a profesionales, estudiantes, artesanos, comerciantes, trabajadores informales, pequeños y medianos industriales y sectores similares.

Es así que, desde su retorno al Perú en 1931, empieza un capítulo distinto en la vida de Víctor Raúl, aquel en el que, ostentando el liderazgo del Partido Aprista Peruano, en las siguientes décadas vivió sensaciones y situaciones difíciles y complejas tales como ser candidato a la presidencia de la república, sufrir luego las penurias de la cárcel por el temor de sus opresores; persecución política que lo obligó a vivir en la clandestinidad, asilo de 63 meses en la Embajada de Colombia, entre tantas otras circunstancias más que solo lograron fortalecer su inquebrantable espíritu de luchador social.

Por ello el nombre Víctor Raúl Haya de la Torre no se circunscribe tan solo a su cuerpo, a un partido político ni a un solo país, sino que las ideas y esencia de aquel viejo sabio atraviesan el mundo entero para imprimir con letras eternas una lección de humildad, docencia y genialidad política en los cuadernos de la historia del hombre.

El 6 de diciembre de 1965, día previo a la intervención quirúrgica a la que sería sometido en Hamburgo, Víctor Raúl escribió su famosa “Carta – Testamento”, carta que redactó para ser enviada a su buen amigo y compañero Jorge Idiáquez, en caso no soportase la operación y muriese.

“Mi querido Jorge Idiáquez: -empieza la misiva- Si la operación a la que me voy a someter causara mi fallecimiento, esta carta te será remitida por mi amigo el doctor Víctor Manchego, que es la única persona del Perú que ha estado cerca de mí en estas circunstancias y a quien, como a ti, recomendé no informar a nadie de mi estado de salud”.

Luego Víctor Raúl prosigue agradeciendo las atenciones de Idiáquez y su familia, para llegar a lo que considero es el verdadero valor de aquella carta y que la convierte en documento histórico para los apristas. En las líneas siguientes un valiente Víctor Raúl deja una muestra clara de aquella grandeza de un hombre quién, a puertas de enfrentarse de cara a la muerte, su mayor preocupación no era la preservación de su propia vida, sino la continuidad de su partido y el gran anhelo que aquel sueño que construyó no se desvanezca con su partida.

“Te pido, a ti que conoces mi modo de pensar -le dice a Jorge Idiáquez- que transmitas a todos los compañeros del partido mi declaración de que mi mayor, y acaso única preocupación al morir, es la de las consecuencias que pueda traer mi desaparición y, sobre todo y ante todo, la unidad del partido que ha sido, es y será la garantía de su fuerza.

El aprismo debe ser siempre el gran movimiento de la democracia y de la justicia social en el Perú y para que así sea debe mantener firme e indestructible su fraternidad y su disciplina. Y para que así sea, todos y cada uno deben cooperar a este gran propósito sacrificando todo individualismo e interés personal. El aprismo no debe repetir la historia de los partidos peruanos que han muerto con sus fundadores.

Por fortuna nuestro movimiento mantiene siempre vigente su doctrina, su programa y su línea de acción. La evolución del mundo y el acontecer americano nos han dado la razón. Y esto es bastante garantía para la supervivencia del aprismo como el movimiento campeón de la gran transformación peruana y continental. Lo que importa es realizarla y ésa es la misión histórica de cada aprista.

Yo espero, y así muero tranquilo, que la línea política seguida se mantenga; que la coalición del pueblo continúe dando leyes en favor de defensa de la democracia social; del Perú provinciano, de los trabajadores, de nuestras masas indígenas y de nuestra juventud. Porque esos fueron y son los grandes objetivos del partido y para lograrlos se constituyó la coalición del pueblo.

En esta carta deseo también que recuerdes a los compañeros que cooperen a mantener e impulsar la acción social del partido, sus academias, sus escuelas, sus comedores, sus cooperativas, sus organismos infantiles y juveniles.

Y que cada aprista sea un activo mantenedor de la unidad. De esa unidad que hemos defendido siempre y en la que hemos visto y vemos el poder del aprismo.

Y defender este principio: que formamos un partido de hombres libres en el cual su línea, su doctrina, su política, las señalan sus integrantes en sus Congresos y Convenciones. Quien quiere ser aprista debe adherirse democráticamente a estas normas.

Esta carta lleva algo de mi única preocupación al morir: la de la continuidad de nuestra obra. Espero que mi muerte sirva para unir más a los apristas.

Cierro esta carta con mi adiós para ti y para todos los tuyos. Así como para los compañeros que la conozcan”.

Al igual que otras muchas batallas en las que Víctor Raúl había enfrentado la muerte que llegaba manifestándose en persecución, cárcel o destierro, en esta oportunidad salió airoso del quirófano y sumó un nuevo triunfo de la vida sobre la muerte. Y es que la muerte por más injusta e inoportuna que parezca, no podía llevarse de este mundo a un hombre a quien el destino todavía le tenía reservada la gloria de convertirse en presidente de la Asamblea Constituyente del Perú y dejar su firma estampada en la Carta Magna que contenía el resultado de una larga vida de lucha en defensa de los derechos fundamentales del ser humano.

Así que trece años después de creer que pudo morir en una operación en la lejana Europa, la vida le recordó a Víctor Raúl que no todo esfuerzo fue en vano, que aquellos triunfos que le fueron arrebatados para evitar sea proclamado presidente del Perú, serían redimidos al ejercer un encargo quizá más importante todavía.

Fue el 28 de julio de 1978, día en que el Perú no solo celebraba un año más de su independencia, sino que el júbilo fue mayor al reconocer unánimes voluntades y saber que aquel hombre que lo había dado todo por la democracia, asumía con justo merecimiento la Presidencia de la Asamblea Constituyente. Y entre los renglones que adornaron las palabras que pronunció en su discurso de instalación, podemos encontrar un claro ejemplo de las virtudes de quién años más tarde, se convertiría en el peruano más ilustre del siglo XX.

“Ciudadanos Representantes: -exclamó Víctor Raúl- Electo a la Presidencia de la Asamblea por un mandato plural, la represento en su integridad y tengo deberes con todos sus miembros. Todos ellos, sus ideas y sus personas, me merecen igual consideración y deferencia.

Pero sería traicionar la historia misma del Perú en el último medio siglo si, al cabo de esta larga marcha, jalonada por tantos esfuerzos, sacrificios y dolores no tuviera una especial palabra de recuerdo y homenaje para los millares de compañeros, vivos o muertos, que estuvieron con nosotros en el ejercicio de una lealtad sin desfallecimientos. Para ellos y para quienes, antes que nosotros, emprendieron la cruel y dulce tarea de cambiar al Perú, de abolir sus injusticias y cancelar su atraso.

Recuerdo y rindo homenaje a otros héroes anónimos, los de la clandestinidad y la persecución. A los que resistieron estoicos largos años de cárcel y torturas.

A los que padecieron la estrechez y la angustia del destierro. A los que mantuvieron, bajo tiranías y dictaduras, viva y alta, la esperanza en un Perú libre, culto y justo.

Mi homenaje a todos los caídos y a todos los héroes, a todos los partidos, cuyos hombres se confunden en los fastos comunes del pueblo. Nos toca justificar el sacrificio y la esperanza de los luchadores sociales y políticos que, con sinceridad y entrega, quisieron que el Perú se reedificara sobre bases de justicia y libertad, como aquellas que debemos afirmar en la Constitución que nos está encomendada.”

Después de aquel importante día para la historia del Perú y de nuestro partido, la salud de Víctor Raúl volvió a sufrir las consecuencias del mal pulmonar que padecía, por ello el año de sesiones de la Asamblea Constituyente transcurrió con sobre saltos por las constantes recaídas contra las que el vigoroso espíritu de Víctor Raúl tenía que luchar.

Sobre aquellos memorables días finales en que la nueva Constitución Política del Perú ya se encontraba lista, existe un ilustrativo capitulo en la obra “Los últimos días de Haya de la Torre” cuya autoría pertenece al compañero Wilbert Bendezu y que a la letra narra:

“Muy temprano, al día siguiente, los médicos que atienden a Víctor Raúl ingresan al reciento del Congreso. Sánchez con el rostro que denota su angustia, apresurado, les consulta si es que realmente Haya está en condiciones de firmar la Constitución. Los médicos que conocían la necesidad del Presidente de la Constituyente, no escamotean su respuesta y responden afirmativamente: Haya de la Torre sí puede firmar la Constitución.

Una sonrisa de felicidad ilumina el rostro del ex rector de San Marcos, quien, inhalando con más fuerza su pipa, da bocanazos y el humo ensortijado va epilogando esta reunión vital.

Sánchez, en su calidad de presidente interino, cita a los miembros de la Mesa Directiva a una reunión para comunicarles que Haya sí puede firmar la Constitución. Ante esta explicación, el representante del Partido Popular Cristiano, Ernesto Alayza Grundy manifiesta que la firma debe ser un acto público en el que hubiera testigos. Sánchez inmediatamente responde que consultaría a los médicos de cabecera de Haya de la Torre.

El 12 de julio de 1979 la ciudad amanecía trémula y envuelta con una neblina que hacía difícil el camino. La Asamblea Constituyente ese día debía promulgar la Constitución de la República. Sánchez dispuso todo lo necesario para que Haya de la Torre firmara la ley de leyes que regiría los destinos del Perú. En ese mismo momento se encontraban en Vitarte, junto a Haya de la Torre: Andrés Townsend, Luis Negreiros Criado y Jorge Idiáquez.

Algo improvisto había sucedido y, rápidamente, con la serenidad del caso, Jorge Idiáquez toma el teléfono y llama a una persona que presto le comunica con el doctor Luis Bedoya Reyes. Luego de estas secretas conversaciones, Jorge le pide a Townsend que tome su vehículo para ir al Congreso de la República. Acompañados por el Oficial Mayor, llevando los originales del texto de la Constitución, enrumban nuevamente por la carretera Central.

Luis Negreiros Criado se pasea fumando nerviosamente por el pasillo que conecta el dormitorio con la sala. Mira acongojado el rostro de Jorge Idiáquez, quién apenas duerme en esos días. Él no se imaginaba que iba a ser uno de los pocos testigos del momento histórico, es decir, cuando Haya de la Torre firmara la Constitución.

El Oficial Mayor del Congreso Luis Chacón, con los originales en la mano y caminando lentamente, vestido con un terno oscuro, ingresa a la casa de Haya de la Torre. A su lado, están Andrés Townsend, Luis Negreiros y Jorge Idiáquez. Afuera se escucha el tronar de la fanfarria aprista que había llegado desde Chiclayo.

Haya de  la Torre, mientras tanto, está sentado sobre unos almohadones que se habían colocado para facilitarle el movimiento de sus brazos desde su lecho de enfermo.

Jorge Idiáquez, su fiel compañero, ingresa a la habitación donde Haya espera y le indica que el Oficial Mayor ha llegado. De un velador antiguo toma un lapicero y lo pone en las manos del maestro.

El Oficial Mayor del Congreso Luis Chacón, Jorge Idiáquez, Luis Negreiros y Andrés Townsend, observan el momento histórico. Lentamente, pero con un rasgo firme, Víctor Raúl traza su firma y al concluir dice: ¡Ya está! Eran las tres de la tarde del 12 de julio de 1979”.

La emotiva narración que hace Bendezu de aquel episodio y que hoy comparto con ustedes, nos provoca a trasladarnos con la imaginación a tan exquisito y memorable día en que el maestro le puso punto final a una de sus más importantes obras.

Pero además de aquella emblemática Constitución, para muchos de nosotros, el legado más importante que nos dejó Víctor Raúl es el Partido Aprista Peruano, por tanto, nos corresponde a sus militantes el sumar esfuerzos para asegurar su continuidad perpetua no solo en la vida política del país, sino también en el activismo social con aquellos sectores necesitados que siempre tuvieron esperanza en el trabajo que el partido del pueblo realiza a favor de ellos.

Son tiempos difíciles para el PAP, eso es cierto, pero el apetito personal de algunos traidores no podrá frenar la voluntad del pueblo aprista que abraza el ideal primigenio y por tanto, logrará que el partido resurja y se fortalezca.

Evoquemos nuevamente a Víctor Raúl para que, al igual como hizo él en su momento, digamos nosotros:

“Quien en esta hora de inquietud, de sombrías expectativas inmediatas para nosotros, se sienta acobardado o sin fortaleza, no es aprista. Nosotros no queremos en el Partido apristas que duden de su causa o duden de sí mismos en los momentos de peligro. Nosotros no queremos cobardes. No queremos traidores. Y ser traidor en esta hora, es no sólo ser el Judas que nos vende, sino el cobarde que da paso atrás. Para uno y otro no hay lugar en nuestras filas”.

Veintiún días después de firmar la Constitución, el 2 de agosto de 1979, Víctor Raúl ya no tuvo el mismo éxito de siempre en sus acostumbradas batallas contra la muerte. Aquel hombre de pensamiento inmortal tuvo que dejarse vencer para que su trajinado cuerpo pudiera descansar para siempre. El “pichón de cóndor” como alguna vez lo llamó el poeta César Vallejo, se elevó desde entonces a lo más alto del firmamento, desde donde brilla como la estrella roja de nuestros corazones, e ilumina desde ahí el camino de ejemplo y honor que nos corresponde recorrer como el mejor homenaje que le podemos ofrecer.

El poeta español Juan Ramón Jiménez se hacía la pregunta: “¿Por qué no pensar que la muerte no es nuestra tumba sino nuestra cuna?».

Así que hoy que conmemoramos 43 años de la partida de Víctor Raúl Haya de la Torre, no asociemos este homenaje con la muerte y hagamos caso a la recomendación del poeta para hacer de la muerte no una tumba, sino la cuna desde donde seguirán naciendo las ideas de los hombres libres que militando en el partido del pueblo o en cualquier otro, no abandonen la convicción de trabajar siempre pensando en la patria y no en el beneficio personal.

Muchas gracias.

*Discurso de Orden pronunciado el 2 de agosto de 2022 en el Salón Consistorial de la Municipalidad Provincial de Trujillo durante la Sesión Solemne organizada con ocasión de conmemorar el cuadragésimo tercer aniversario de la muerte de Víctor Raúl Haya de la Torre.

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